Relación cerebro-intestino

¿Sabías que nuestro intestino alberga billones de microorganismos esenciales? 

Son beneficiosos por el papel que desempeñan en nuestro metabolismo, ya que nos ayudan a regular nuestro organismo y a mantener un buen funcionamiento de nuestro cerebro y todo nuestro sistema nervioso

Seguro que has oído hablar del eje microbiota-intestino-cerebro. Es una vía de comunicación en ambos sentidos, fundamental para mantener una buena salud del huésped (es decir, nosotros). 

Actualmente sabemos que todo ese conjunto de microorganismos (nuestra microbiota intestinal) tiene un efecto directo sobre el funcionamiento de nuestro sistema nervioso entérico (neuronas del intestino) y nuestro nervio vago, así como también es capaz de modular la inflamación y producir sustancias con efecto directo en nuestro sistema nervioso y hormonal. 

Nuestro cuerpo dispone de sistemas complejos que ayudan a regular los mecanismos de hambre y saciedad y modular nuestro apetito. No obstante, no es el único capaz de hacerlo. 

Nuestros microorganismos son capaces de producir ciertas hormonas y metabolitos con efecto neuroactivo, que modulan nuestro comportamiento ante una situación de estrés o incluso tienen influencia directa en cómo nos relacionamos con la comida. 

El cómo nos relacionamos y comportamos con la comida dependerá de varios factores y procesos complejos, pero está claro que tener una microbiota sana compuesta por especies beneficiosas, es en gran parte la clave. 

¿Cómo mantener una microbiota sana, eficaz y feliz para que sea nuestra mejor aliada?

​​​​La mejor alimentación es la que permite que ellas se alimenten bien y estén bien nutridas. Una dieta rica y variada en frutas, verduras y hortalizas, fuentes de proteína saludables (pescado, carne y huevo de pasto, legumbres…) grasas de buena calidad (pescado azul salvaje y pequeño, AOVE, frutos secos…) y ausencia de procesados y refinados, es la mejor opción. 

Es la fibra fermentable de los vegetales y legumbres la que dará “de comer” a esas bacterias buenas, y serán ellas las que posteriormente fabricarán las sustancias que más nos beneficien. 

Fibras con efecto prebiótico como la inulina del centeno, la cebolla, el puerro o los espárragos, los beta-glucanos de la avena, la quinoa o el arroz integral y los fructooligosacáridos de la achicoria, la alcachofa, el espárrago, el ajo, la cebolla, el puerro, el tomate o el plátano, son las que poseen mayor capacidad para modificar la composición de la microbiota del colon, favoreciendo el crecimiento de las bifidobacterias. 

Por otro lado, un consumo de alimentos fermentados como el yogur, el queso o el kéfir, beneficiará también el aporte de cepas interesantes más concretas como Streptococcus thermophilus y otras de la familia de Bifidobacterium y Lactobacillus, que ayudarán a mantener un sano y buen equilibrio de nuestro ecosistema intestinal. 

Sin embargo, una dieta con consumo frecuente de procesados, harinas y azúcares refinados, aceites y grasas refinados, edulcorantes y otros ingredientes industriales, generará el efecto contrario en nuestra microbiota. No solo perjudicará el equilibrio de la misma, sino que también hará que se potencie el crecimiento de bacterias perjudiciales que a su vez fabricarán sustancias que alterarán nuestras propias señales de hambre y saciedad, desregulando el comportamiento de nuestro apetito. 

Así pues, si tu objetivo es mejorar tu salud, regular tus señales de hambre y saciedad, mejorar tu peso corporal y mantener un metabolismo sano, empieza por cuidar de tus pequeñas aliadas porque bien seguro te ayudarán a conseguirlo. 

 

Sonia González Bailón 
Dietista-Nutricionista 
Psiconeuroinmunóloga clínica 
Tecnóloga de los Alimentos 
info@sonianutricion.com
www.sonianutricion.com
Instagram: @sonia.nutricion 

 

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